Ortograma
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1. El término griego “ortograma” (ὀρθός ή, όν) viene a significar “recto”, “que se mantiene erguido”, “que va en línea recta, de frente, directo”. En Geometría es el “ángulo recto”; aplicado a las personas designa a alguien “recto, leal, veraz, sincero”; en sentido metafórico se utiliza para aquello que se muestra “derecho, justo, conforme a la ley”; también se aplica a los “oráculos que resultan bien”.
Como concepto filosófico, Gustavo Bueno lo introduce por primera vez en la “Cuestión 10” de las Cuestiones cuodlibetales sobre Dios y la religión (Mondadori, Madrid 1989) utilizándolo con el matiz de “ortogénesis”, ampliando así su significado de “rectitud” al de “capacidad de reiteración de un proceso” que sigue su línea de propagación inercial y que puede dar lugar a un proceso homogéneo o variado. En este sentido, si consideramos unas ciertas materias conformadas capaces de moldear a otros materiales de su entorno, “llamamos ortogramas a tales materias formalizadas cuando son parte de procesos recurrentes (principalmente acumulativos, o simplemente sucesivos) en los cuales los materiales conformados son capaces de actuar como moldes activos” (Gustavo Bueno, “Glosario” en el tomo 5 de la Teoría del cierre categorial).
Ejemplos de este sentido de ortograma, los tenemos en un programa de algoritmo, como pudiera ser el método para hallar el máximo común divisor de dos números enteros descrito en el Libro VII de los Elementos y conocido como “algoritmo de Euclides”. También una Gestalt, una “forma”, “configuración”, “estructura” o “totalidad organizada” desempeña funciones de ortograma. De la misma manera, una regla gramatical o una creencia pueden considerarse ortogramas en la medida en que actúan como automatismos o dispositivos reguladores de secuencias operatorias.
2. En el Materialismo Filosófico el concepto de “ortograma” se ha utilizado para redefinir la conciencia y la falsa conciencia del sujeto operatorio. Efectivamente, desde la perspectiva de una teoría crítica de la conciencia, ésta habrá que plantearla como conflicto dialéctico. Si desde las teorías metafísicas y analíticas la conciencia del sujeto se presenta como un término enterizo (S) disociado del objeto (O), el Materialismo Filosófico parte de múltiples sujetos y múltiples objetos en composición diamérica –determinándose los unos por los otros– que concurren en una situación en la que el sujeto se nos da como un individuo que forma parte de otro conjunto de individuos (familia, grupo de edad, clase social…). En esta situación pueden desprenderse ciertas “materias formalizadas”, como por ejemplo conductas, palabras, gestos, objetos, prácticas sociales… configuradas según normas, pautas o relaciones objetivas. Pues bien, son estas “materias formalizadas” a las que se llamarán ortogramas, capaces de actuar como programas en la conformación de materiales dados. El ortograma es, así, un dispositivo que controla las secuencias operatorias (perceptuales, verbales) ligadas a los objetos, en virtud de cierto automatismo (parecido al de los códigos de los ácidos nucleicos).
Desde esta perspectiva, la “conciencia” se puede redefinir como el mismo proceso por el cual el sujeto operatorio que ha alcanzado la automatización de un número indeterminado de ortogramas es conducido a un conflicto determinado por la propia confluencia de esos mismos ortogramas asociados a los diversos grupos de los que, en virtud de la perspectiva diamérica que hemos dicho, forman parte. Por ejemplo, la “conciencia lingüística” aparecerá cuando los ortogramas gramaticales de nuestra lengua se enfrentan con los de hablantes de otras lenguas.
Esta “conciencia” será “verdadera” en tanto que sistema de ortogramas capaces de corregir en el proceso de su ejecución los errores inducidos en su propio desarrollo. En cambio, la “falsa conciencia” se define como el sistema de ortogramas que ha perdido esta capacidad “correctora” de sus errores, de manera que cualquier material será asimilable en el sistema. Cuando esto ocurre, se pierde también la capacidad para percibir conflictos, limitaciones o contradicciones generados por los ortogramas en ejercicio. Desde luego, los mecanismos de este embotamiento no son derivados de desviaciones de la personalidad; no son subjetivos, sino sociales y políticos. La falsa conciencia vendría a operar como dispositivo preparado para dar la vuelta a cualquier argumento que venga del exterior, convirtiéndose en argumento de apoyo.
Según esta caracterización, todos los hombres son sujetos de falsa conciencia, pero no siempre bajo la misma determinación, ni del mismo modo, pues habrá que sobreentender siempre algún “parámetro” preciso (falsa conciencia religiosa, política, moral, científica, filosófica…).
3. El concepto de ortograma se utiliza también en la filosofía política del Materialismo Filosófico entendiéndolo como mecanismo que pone en marcha una serie de planes y programas que van siempre sistemáticamente en una misma dirección. En este sentido un proyecto no es un ortograma. El ortograma histórico-político necesita de múltiples planes y programas y de la efectiva concatenación entre ellos. Por ejemplo, la exposición de una crónica medieval, de planes y programas de un determinado “grupo áulico”, orientados en el sentido de la “reconquista de la España visigoda perdida por la traición del conde D. Julián”, no puede confundirse con un ortograma. Sólo podemos hablar de ortograma de la Reconquista al determinar una concatenación de acciones o de operaciones políticas, diplomáticas o militares, dispuestas en un orden de secuencia tal que sea susceptible de ser interpretado desde ese ortograma.
Carmen Baños
→ Gustavo Bueno, Cuestiones cuodlibetales sobre Dios y la religión, “Cuestión 10”, Mondadori, Madrid 1989, pp. 377-418.