Los
términos de los silogismos no son «cosas» como esta silla o esta mesa, no son
«realidades» visibles y tocables, sino que son «cosas» como «mesa», «caballo»,
«hombre», «animal»; tales «cosas» tienen la particularidad de que todo aquello
que pueda decirse de ellas vale para todo caballo, para toda mesa,
para todo hombre; no es propiedad de ningún caballo concreto, de
ninguna mesa concreta, de ningún hombre concreto, porque tiene que valer para todo
caballo, etc. De la determinación «caballo» sólo forma parte aquello que
valga para todo caballo visto o imaginado o simplemente imaginable. Ahora
bien, cuando vemos o tocamos, lo que vemos o tocamos no es «caballo», sino que
es siempre este o aquel caballo. ¿«Tocaremos» entonces la
determinación «caballo» cuando no vemos ni tocamos realmente nada, sino que
«nos imaginamos» un caballo?
Imaginémonos un caballo; la imagen que nos formamos sigue siendo algo visible y tangible; ciertamente no lo vemos ni lo tocamos de hecho, sino que nos lo imaginamos, pero, desde el momento en que nos lo imaginamos, nos lo representamos como algo visible y tangible, algo que no vemos ni tocamos porque de hecho no está presente, pero cuya presencia consistiría en ser visto y tocado, algo que tiene un tamaño, un color, unos movimientos, en una palabra: algo sensible; puesto que lo que nos imaginamos es algo sensible, algo visible y tocable, es también este caballo o esta casa; es este caballo que yo me imagino, pero no deja de ser este, distinto de otros. (...) La determinación universal no es, pues, nada sensible. La diferencia entre la determinación universal y la imagen sensible no es fundamentalmente una diferencia de contenido (a saber: que la imagen sensible contiene siempre particularidades del caballo concreto, particularidades que no son comunes a todo caballo), sino que es ante todo una diferencia de naturaleza; el contenido de la determinación universal no sólo es «menor» que el de la imagen concreta, sino que, ante todo, es un contenido de distinta naturaleza, un contenido que no consiste en nada sensible-imaginativo, en nada «físico» o «corpóreo».
A lo que estamos llamando «determinación universal» se le llama frecuentemente «concepto». De momento admitiremos, para abreviar, y también para establecer un nexo con otras exposiciones que el lector pueda consultar, el empleo de la palabra «concepto» (...)
Interesa dejar en claro que, cuando hablamos aquí de «conceptos» (es decir: de determinaciones universales), no nos referimos sólo a los conceptos de la ciencia, sino a los conceptos que hay en la experiencia inmediata. Para la ciencia, el agua se define indicando ciertos datos que definen el átomo de hidrógeno, el de oxígeno y cierto enlace de dos átomos de hidrógeno con uno de oxígeno; pues bien, cuando hablamos aquí del concepto «agua», no nos referimos a esto, sino al concepto que en mi experiencia inmediata me permite decir que lo que hay en un vaso frente a mí es agua y que, en cambio, no es agua el lápiz que tengo en la mano ni tampoco el contenido de una botella de leche que hay en la cocina. Mientras que la experiencia inmediata es ineludible, porque no es otra cosa que nuestra misma existencia, la ciencia, en cambio, es una determinada actitud que podemos asumir y que, en todo caso, es posible sólo sobre la base de la experiencia inmediata y a partir de ella; la ciencia está dentro de la experiencia inmediata, como una región delimitada y que, en cierto modo, se aísla de su contexto; no es la experiencia inmediata la que se da sobre la base de la ciencia, sino a la inversa.
Sería un error funesto el tender a identificar el manejo de conceptos con la ciencia. Los llamados «primitivos» permanecen en el ámbito de la experiencia inmediata, no tienen «ciencia» en el sentido moderno-occidental de esta palabra y, sin embargo, establecen determinaciones perfectamente precisas; sus clasificaciones de animales y plantas, si no coinciden con las de nuestra biología, no es porque sean menos precisas, sino porque se basan en otro tipo de observaciones, porque consideran distintivos otros caracteres; que no tienen «ciencia» quiere decir simplemente que conceptúan lo que ven, sin sentar la exigencia de una explicación de determinado tipo; pero conceptúan tan rigurosamente como nosotros.
Por lo mismo, la norma para determinar si un concepto de «agua» (por ejemplo) es o no lógicamente riguroso no es la de que coincida o no en todas sus aplicaciones con el concepto químico de H2O, sino la de que sea verdaderamente una determinación precisa, es decir: suficiente para poder en cualquier caso decir que esto es agua mientras que aquello otro no lo es. Si el concepto «vulgar» de agua no coincide con el concepto científico de H2O, lo único que ocurre es eso: que no coincide, no que uno de los dos sea bueno y el otro malo.
El manejo de conceptos no es solidario de la ciencia, sino de otro fenómeno mucho más elemental, a saber: el lenguaje. Que un mismo significante pueda ser empleado infinidad de veces en infinidad de circunstancias diversas (por ejemplo: que la palabra «caballo» pueda designar cualquier caballo) responde a que los significantes significan propiamente conceptos, es decir: determinaciones universales; inversamente, la única manera de establecer conceptos, de delimitarlos (por ejemplo: de establecer que «caballo» es una cosa y «asno» otra distinta) es designar cada concepto mediante un significante distinto. Los conceptos no son palabras, pero del manejo de conceptos y del lenguaje puede decirse que son la misma cosa; «decir» no es esencialmente pronunciar palabras, sino reconocer determinaciones: poner esto como esto y aquello como aquello, lo cual sólo puede hacerse designando esto con un significante distinto del que designa aquello y aquello con un significante distinto del que designa esto, tanto si los significantes son palabras como si son algún otro tipo de «cosas» que toman el valor de signos.
Hemos
establecido que el contenido de una determinación universal es de otra
naturaleza que cualquier imagen sensible. Cuando conseguimos enunciar
expresamente ese contenido, es decir: distinguir en él varios elementos,
mencionar cada uno por separado y unirlos entre sí en la unidad de un solo
concepto, entonces se dice que tenemos una definición de la
determinación universal en cuestión; por ejemplo: cuando decimos que «hombre»
es «animal racional». Cada uno de los elementos que la definición distingue en
el contenido de una determinación universal es lo que se llama una nota; por
ejemplo: «animal» y «racional» son las notas del concepto «hombre». El
conjunto de las notas que entran en el contenido de un concepto es lo que se
llama la comprensión de ese concepto. Decimos, pues, que definir un
concepto es hacer explícita su comprensión.
Martínez Marzoa, Felipe, Iniciación a la Filosofía, Istmo, Madrid, 1974, pp.31-35
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