La ciudad como comunidad política

1. El surgimiento de la ciudad-estado. Marco físico y población
1.1. Orígenes de la ciudad-estado
1.2. El territorio
1.3. La población
2. La ciudad-estado y los órganos de gobierno
2.1. La asamblea
2.2. El consejo
2.3. Los magistrados
3. La ciudad y el ciudadano
3.1. La ciudadanía y la vida de la ciudad
3.2. Ciudadanía y comunidad
3.3. Individuo y comunidad

Recogiendo una creencia tradicionalmente arraigada en el sentir de los griegos, Aristóteles afirma que el hombre es, por naturaleza, un animal político. Ser político constituye, según esto, una dimensión esencial, un rasgo específico del ser humano. De donde se concluye de modo inevitable que un hombre políticamente desarraigado no podría alcanzar el nivel de una vida auténticamente humana.

Esta afirmación aristotélica tiene necesariamente que sorprender al hombre de nuestros días acostumbrado a tropezarse con numerosas personas, de toda condición social, que se autodefinen como a-políticos. ¿No existe una extraña contradicción entre la afirmación de Aristóteles y esta negación de que la política constituye una dimensión esencial de la propia vida? Estamos, sin duda, ante una contradicción literal y nos vemos llevados a suponer que Aristóteles y los defensores de la apoliticidad utilizan la palabra «político» con connotaciones distintas. Pero el asunto no se reduce a una mera discrepancia en el uso de la palabra: tal discrepancia tiene su origen en dos modos distintos de concebir la vida humana que, a su vez, corresponden a dos experiencias distintas de lo político y a dos concepciones distintas de la política.

Cuando Aristóteles afirma que el hombre es un animal político, tiene en su mente dos ideas fundamentales, muy general la una y más concreta la otra. De modo general, Aristóteles considera que el hombre es un animal político en cuanto que se agrupa y vive en comunidad. Este vivir de los hombres en comunidad resulta exigido por la propia deficiencia de los individuos humanos, por la incapacidad de cada uno de ellos para subvenir por sí solo a sus propias necesidades. Pero también los individuos de otras especies animales son empujados por idéntica necesidad a vivir juntos. En este sentido elemental y primario hay, pues, otros animales políticos. Ahora bien, el hombre es «el más político de los animales». Su vida en comunidad se sitúa en un nivel superior gracias a que el hombre posee lenguaje y posee, además, «el sentimiento de lo conveniente, de lo justo y lo injusto». Este nivel superior de convivencia —cuya finalidad no es ya el mero sobrevivir sino la consecución de una vida mejor— es específica del ser humano: un ser suprahumano, un dios, no necesita de ella puesto que se basta a sí mismo; un ser infrahumano, una bestia, no puede llegar a ella por carecer de las dotes requeridas.

Seguramente todos, incluidos aquellos que se auto-proclaman «apolíticos», aceptarán la definición aristotélica del hombre como animal político, supuesto que tal definición se entienda en el sentido genérico apuntado: el hombre vive en comunidad con otros hombres. Pero, como más arriba he indicado, Aristóteles tenía en su mente no sólo esta idea genérica sino también otra más específica y concreta. Al caracterizar al hombre como lo caracteriza, Aristóteles no piensa en cualquier tipo de comunidad en general, sino que piensa, muy particularmente, en la comunidad política.

En efecto, comunidad es la familia que asocia a unos cuantos individuos, y comunidad es también la aldea en que se agrupan y conviven un conjunto de familias. Pero la familia y la aldea no constituyen comunidades políticas en sentido estricto.

¿Cuál es, entonces, la comunidad política en la cual se integra y se realiza el hombre como animal político? Ante tal pregunta surge de inmediato una respuesta más o menos válida por igual para entonces y para ahora: la comunidad política es el estado. Pero inmediatamente después de formular tal respuesta, y si queremos utilizar la palabra «estado» para entonces y para ahora, se hace necesario puntualizar que el estado era para los griegos algo muy distinto de lo que es para el hombre moderno. Tan distinto, que para los griegos el hombre vive esencialmente como tal y alcanza su plenitud en, por y gracias a la comunidad política a que pertenece. Para el individualismo moderno, por el contrario, la máquina estatal es algo ajeno y exterior al individuo, una estructura armonizadora, en lo posible, de los derechos y libertades individuales que, en todo caso, se consideran anteriores a él.

En este capítulo iremos señalando las peculiaridades del estado griego. Pero antes de entrar en pormenores al respecto, adelantemos una idea general acerca de cómo concebían los griegos el estado o comunidad política en sentido estricto. Tal vez sea útil para ello que reparemos brevemente en la palabra misma «político» con que Aristóteles define al hombre.

La palabra griega «político» viene de la palabra polis , igualmente griega. Esta última se traduce a veces por «estado», a veces por «ciudad» y a veces por «ciudad-estado». (Quede avisado el lector de que en lo sucesivo utilizaremos estos cuatro términos, «polis», «ciudad», «ciudad-estado» y «estado», como sinónimos.) El término «estado» traduce los rasgos que corresponden a la polis como comunidad política y como sociedad dotada de soberanía. La palabra «ciudad», por su parte, indica más adecuadamente el modo de convivencia que se establece entre los ciudadanos y el tipo de vínculos que unen a éstos con su polis, así como las reducidas dimensiones de ésta. La polis griega, en efecto, constituye una comunidad de dimensiones muy reducidas, tanto desde el punto de vista de sus miembros como desde el punto de vista territorial. La polis griega no tiene nada que ver con los estados que nosotros conocemos, estados millonarios en población y cuya soberanía se extiende sobre cientos de miles de kilómetros cuadrados; y es esta comunidad de reducidas dimensiones, la ciudad, la que constituye el ámbito en el cual el hombre griego se siente arraigado e integrado como animal político. Así, Aristóteles —en una frase que refleja tanto la realidad como el ideal del estado griego— pudo afirmar que «la forma suprema de comunidad, la que abarca a las otras todas, es la polis, es decir, la Comunidad política».

Hasta Aristóteles, hasta finales del siglo IV al menos, los griegos no rebasaron ni en la práctica ni en la teoría el marco reducido de la pequeña ciudad-estado. En la práctica política, cada una de estas ciudades no sobrepasó, por lo general, el ámbito de sus intereses particulares. Y también la teoría, es decir, la reflexión filosófica sobre las cuestiones políticas, permaneció referida fundamentalmente a la ciudad.

1. El surgimiento de la ciudad-estado. Marco físico y población

1.1. Orígenes de la ciudad-estado

Como unidad territorial y política, las ciudades-estado aparecen en Grecia tardíamente, tras el vacío producido por el derrumbamiento de la civilización micénica. La civilización micénica conoció sus años de esplendor entre los siglos XIV y XII. Durante estos siglos Grecia se hallaba dividida en un conjunto de monarquías, de reinos, el más poderoso de los cuales era precisamente el de Micenas, al cual debe su nombre todo este período de la historia griega. Bajo el liderazgo de Micenas las monarquías griegas unieron sus fuerzas en un movimiento conquistador de expansión que extendió su presencia por las costas del mar Egeo. Probablemente su última gesta (siglo XII) fue el asedio y conquista de Troya, cuyo recuerdo lejano quedaría recogido en la Ilíada.

Poco después de la guerra de Troya la civilización micénica y su cultura palaciega se derrumbaron. Su derrumbamiento, juntamente con la invasión de los dorios (siglo XI), abrió un período de emigraciones hacia el Egeo (siglo X) y dejó un vacío de organización política a lo largo y ancho del territorio griego. Como consecuencia, las actividades guerreras y marítimas decayeron y debió sobrevenir un largo período de predominio de la agricultura, con lo cual los señores de la guerra se transformaron en terratenientes. Todo ello obligó a la creación de nuevas estructuras sociopolíticas, proceso que dio lugar al surgimiento de las ciudades-estado.

Desconocemos las circunstancias concretas bajo las cuales tuvo lugar la creación de las ciudades-estado. La geografía griega (valles cerrados por montañas, costas escarpadas, multitud de islas) favorecía indudablemente la fragmentación. Desde el punto de vista urbanístico, el modelo palaciego de la cultura micénica pasada debió también ejercer su influencia. A estos factores ha de añadirse el papel jugado al respecto por el fenómeno de la colonización aludido en el párrafo anterior. El movimiento migratorio colonizador favoreció, sin duda, la concentración urbana de los colonos como forma más razonable de autodefensa frente a sus nuevos y a menudo hostiles vecinos. Posteriormente, durante los siglos IX y VIII (especialmente, tal vez, durante este último) tuvo lugar un notable aumento de la población en ciertas áreas de la Grecia continental. En el Ática debió ser espectacular. Este crecimiento demográfico contribuiría, a su vez, al proceso de urbanización dándole nuevo impulso. Por otra parte, un aumento tal de la población tuvo que chocar con la escasez de recursos de la mayoría de las ciudades, pobres y pequeñas, obligando a organizar nuevas migraciones. (Con la excepción de Esparta que resolvió definitivamente este problema sometiendo los territorios limítrofes.) Obviamente, este segundo movimiento colonizador siguió el mismo modelo de concentración urbana utilizado ya en la colonización primera y ya establecido en las metrópolis de origen.

1.2. El territorio

Los factores señalados contribuyeron al surgimiento de la polis. En todo caso, podemos estar razonablemente seguros de su existencia a partir del siglo IX. Un testimonio curioso al respecto (supuesto que los poemas homéricos datan del siglo VIII) es el que nos proporciona la Odisea en aquel pasaje en que Nausícaa describe su ciudad a Odiseo con estas pinceladas:

Pero cuando subamos a la ciudad... a ésta la rodea una elevada muralla. Tiene un hermoso puerto á ambos lados y estrecha entrada y las curvadas naves son arrastradas por el camino, pues todos ellos tienen refugio para sus naves. También tienen en torno al hermoso templo de Poseidón el ágora construida con piedras gigantescas que hunden sus raíces en la tierra...

(V,259 y ss.)

Esta descripción esquemática contiene los elementos embrionarios y básicos de lo que constituirá el espacio físico urbano de la polis: templo, ágora para las reuniones de la asamblea, recinto amurallado, caladero utilizado como puerto (en el caso de las múltiples ciudades ribereñas e insulares). No es posible, desde luego, establecer un patrón uniforme y universalmente repetido para todos estos centros urbanos: no todas las ciudades griegas contaban con puerto, no todas ellas estaban amuralladas o dotadas de ciudadela. Pero, ciertamente, en el centro urbano de la polis radicaban los edificios fundamentales relacionados con la vida comunitaria y política: templos, ágora, edificios públicos que servían de sede a las distintas instituciones políticas y magistraturas. A menudo, una ciudadela en el punto más alto del conjunto urbano.

Por otra parte, conviene señalar que la polis no era meramente este centro urbano donde tenían lugar la convivencia ciudadana y la actividad política estatal. Además de éste, la polis comprendía el campo, abarcaba un territorio no urbano dedicado a la agricultura. La polis jamás dejó de basarse en la actividad agraria, en primer lugar y fundamentalmente para el sustento de la población propia y además, en su caso, para la exportación. Algunos agricultores residían en la urbe, otros —los más— residían en el campo, ya aisladamente, ya agrupados en aldeas. Y aunque los cálculos son difíciles por falta de datos precisos, cabe suponer que durante el período clásico la población agraria siempre fue superior a la población que residía en la urbe, incluso en estados fuertemente urbanizados como Atenas. (Para el siglo v se calcula que poco más de un tercio de la población total del Ática vivía en Atenas y el Pireo).

Como ya quedó indicado anteriormente, la extensión territorial de la polis nunca fue excesivamente grande: más bien resulta minúscula en comparación con la mayoría de los estados modernos. Esparta, el estado más extenso, abarcaba un territorio poco mayor que la provincia de Ávila (aproximadamente, 8.500 kilómetros cuadrados). El territorio de la poderosa Atenas, el Ática, tenía más o menos la misma extensión que el actual estado de Luxemburgo, es decir, algo más que la isla de Tenerife y bastante menos que la isla de Mallorca (unos 2.600 kilómetros cuadrados). Corinto, una ciudad de notable importancia comercial, política y militar, poseía un territorio tres veces más pequeño aún que el de Atenas, poco mayor que la isla de Lanzarote. (Los territorios de estos tres grandes estados cabrían dentro de los límites de la provincia de Granada.) Y de ahí para abajo puede imaginarse cuanto se quiera para otras ciudades-estado de Grecia (Egina, por ejemplo, no alcanzaba los 90 kilómetros cuadrados).

1.3. La población

La población que albergaba el marco físico descrito en el parágrafo anterior —capital urbana más campo— se repartiría fundamentalmente en tres categorías de habitantes: los ciudadanos, los habitantes libres carentes de ciudadanía y los esclavos. Con algunos matices diferenciales en cuanto a la situación jurídica y social de las dos últimas categorías, esta división se repite en las distintas ciudades-estado. (Dentro de la categoría de los no-libres, algunos autores tratan de distinguir, a su vez, dos clases o subcategorías: los siervos y los esclavos propiamente dichos. Pero esta subdivisión es cuestionable por algunos motivos y nos parece preferible dejarla de lado.)

No es posible calcular de manera plenamente fiable la población de las distintas ciudades, ni el número total de sus habitantes ni el número de individuos que componían cada una de las categorías citadas. Los datos de que disponemos son del todo insuficientes y cualquier cifra que se ofrezca no pasará de ser una conjetura con amplio margen de error. Una estimación más o menos aproximada para la Atenas del siglo v —pongámonos en la década de los treinta, en los años del esplendor de Pericles, recién terminado el Partenón, cuando Sócrates contaba treinta y dos años de edad— podría arrojar las siguientes cifras: 40.000 ciudadanos que juntamente con sus mujeres e hijos elevarían la cifra hasta 160.000; 20.000 extranjeros libres residentes, denominados metecos, que con sus familias nos llevarían hasta, pongamos, 60.000, y una población aproximada de 80.000 esclavos. Todo esto nos permite calcular, en números redondos, unos trescientos mil habitantes para la Atenas de mediados del siglo V.

Comparado con la totalidad de la población ateniense, el número de ciudadanos resulta más bien escaso, entre la séptima y la octava parte del total de aquella. Esta proporción variaba de unos estados a otros —el número de esclavos podía ser sensiblemente menor en otras ciudades— pero en todos los casos los ciudadanos siempre fueron una pequeña minoría respecto del conjunto de la población. Por lo demás, el número de ciudadanos, considerado absolutamente, resultaba realmente excesivo en Atenas si lo comparamos con la media de ciudadanos de otros estados (en Esparta eran cinco mil), y si lo comparamos con el número de los mismos que solía considerarse ideal para el funcionamiento de una ciudad (Platón, en las Leyes, 771 A, propone como ideal la cifra de cinco mil cuarenta ciudadanos). En la teoría y en la práctica un número excesivo de ciudadanos hacía inviable el funcionamiento de la asamblea a que todos ellos tenían el derecho de asistir.

Los residentes libres, no ciudadanos, los metecos, constituían el grupo de extranjeros (generalmente griegos) dedicados a diversas actividades profesionales. Al no ser ciudadanos, carecían de los derechos políticos correspondientes, si bien mantenían ciertas obligaciones para con el estado (militares y económicas: entre otras, pagaban un impuesto de residencia). Estaban excluidos del derecho de adquisición y posesión de la tierra (excepto por privilegio especial), pero gozaban de libertad y seguridad jurídicas en el ejercicio de sus actividades y profesiones. Este conjunto de la población adquirió una notable importancia económica en aquellas ciudades en que el comercio y la industria alcanzaron un desarrollo apreciable.

Estaban, en fin, los esclavos, dedicados fundamentalmente a trabajos de todo tipo. La existencia de la esclavitud en Grecia ha favorecido la opinión errónea (excepto para el caso de Esparta) de que solamente trabajaban los esclavos, mientras los ciudadanos se dedicaban a la holganza y a la política. También la mayoría de los ciudadanos debían trabajar para vivir, y el pequeño artesano o el pequeño agricultor trabajaban duramente, tal vez ayudados por algún esclavo. Había, por lo demás, esclavos, privados y públicos. De estos últimos, algunos se empleaban en tareas públicas (puestos auxiliares en la administración, etc.) mientras que otros eran alquilados a la industria privada, especialmente a la minera en el caso de Atenas. Si se exceptúan los mineros, la vida de los esclavos no era excesivamente dura en Atenas donde, por lo general, recibían un buen trato. Aunque, ciertamente, un esclavo bien tratado no deja por ello de ser un esclavo.

2. La ciudad-estado y los órganos de gobierno

Desde el punto de vista político y administrativo, cada ciudad se gobernaba a través de tres órganos: la asamblea, el consejo y un grupo de magistrados sobre los que recaían ciertas funciones y cargos de carácter unipersonal. La existencia de estos tres órganos es una constante en todos los estados griegos.

En realidad, esta organización formal de gobierno se remonta en Grecia a épocas muy remotas, en último término, hasta las monarquías tribales premicénicas típicas de las comunidades indoeuropeas. En estas comunidades el mando supremo correspondía al rey de la tribu. La tribu, a su vez, se componía de fratrías y las fratrías, de clanes. El rey ostentaba funciones supremas de carácter religioso, militar y judicial, asistido por un consejo de ancianos, seguramente los jefes de los distintos clanes de la tribu. El rey y el consejo habían de contar de un modo u otro, a su vez, con la asamblea del ejército, con la asamblea del pueblo en armas. Una estructura semejante adoptaron también las monarquías micénicas. A la caída de éstas, la organización social volvió a recaer en formas de monarquía tribal hasta la emergencia de la ciudad-estado a que ya nos hemos referido.

No cabe duda de que está forma de organización se adaptaba a las necesidades de comunidades tribales de vida guerrera y hábitos migratorios. Por ello debió de resultar un modelo organizativo igualmente eficaz para las primeras migraciones hacia las costas del Asia menor: cada grupo migratorio contaría con un jefe supremo de la expedición y con un conjunto de líderes de los distintos subgrupos integrantes de la misma (consejo). Aquél y éstos, por lo demás, habrían de contar con la totalidad de la masa expedicionaria (asamblea) a la que informarían y darían cuenta de las decisiones adoptadas que afectaran a la expedición.

2.1. La asamblea

A partir de la consolidación de las ciudades-estado, la asamblea vino a convertirse en la expresión fundamental de la polis, entendida como comunidad de los ciudadanos, hasta el punto de que el rasgo elemental mínimo que define la plena ciudadanía es el derecho a ser convocado y a participar en la asamblea. (La palabra «ecclesia» —de la cual deriva «iglesia» y con la cual los atenienses designaban la asamblea— está emparentada de raíz con un verbo griego que significa «convocar».)

Ciertamente, la composición y el número de miembros de la asamblea diferían notablemente de unos estados a otros, y dentro del mismo estado, de unos regímenes políticos a otros. Así, por citar un ejemplo ilustrativo, en la Atenas democrática de Pericles, en el momento para el cual establecíamos anteriormente la cifra de cuarenta mil ciudadanos, todos ellos tenían derecho a participar en la asamblea. Poco más de dos décadas después triunfaría temporalmente un golpe oligárquico (411) que instauró una asamblea de cinco mil ciudadanos solamente. Baste esta referencia para ilustrar una regla de conducta seguida por los partidarios de las oligarquías, consistente en reducir el número de los miembros de la asamblea, estableciendo requisitos de í marión social para la pertenencia a la misma y limitando con ello tal derecho a ciertos grupos de ciudadanos.

Por lo demás, no solamente variaban el número y composición de la asamblea, sino también sus atribuciones y funcionamiento. En el pasado remoto, en las monarquías tribales premicénicas, así como en las post-micénicas (tal como aparecen reflejadas en los poemas homéricos), la asamblea no era convocada de modo regular. Tampoco tenía capacidad decisoria; se limitaba a mostrar si estaba de acuerdo o no con las propuestas del rey o del consejo sin que su opinión vinculara a aquéllos. Se desconocía, en fin, la votación como procedimiento de aprobación y repulsa: éstas se expresaban a gritos y la intensidad del griterío indicaba el grado de asentimiento o rechazo que la propuesta merecía a la asamblea del pueblo en armas.

El desarrollo político ulterior fue fijando el funcionamiento de las asambleas (convocatorias, formas de decisión) a la vez que ampliaba sus atribuciones. En los regímenes democráticos la votación se convirtió en el sistema normal de expresión de la voluntad de los reunidos. (Por el contrario, en Esparta no solía votarse: la elección de los eforos se hacía a grito pelado.) En los regímenes aristocráticos, por lo demás, el consejo asumía las mayores cuotas de poder en detrimento de la asamblea: de ahí que la lucha entre la aristocracia y la democracia gire, en gran medida, en torno a la conquista y retención de mayores atribuciones por parte de un órgano u otro.

2.2. El consejo

Además de la asamblea existía, pues, un consejo, institución igualmente heredada de las monarquías tribales y sometido a lo largo de la historia griega a transformaciones en cuanto a su composición y competencias.

En las monarquías homéricas —como ya hemos señalado— el consejo estaba constituido por los jefes de los clanes, por los nobles. Ejercía una función primordialmente consultiva como órgano asesor del rey. Sus competencias solían extenderse también a lo judicial, especialmente en causas por homicidio. A pesar de que la democracia ateniense despojaría en el siglo v al Areópago de todas sus funciones políticas y judiciales relevantes, éste no perdió nunca su competencia en los delitos de homicidio.

Tradicionalmente, hasta la instauración de la democracia en aquellos estados en que tal régimen llegó a instalarse, el consejo mantuvo su carácter aristocrático y elitista, aun cuando variaran su composición y la forma de acceso al mismo. Obviamente, en las sociedades aristocráticas la pertenencia al mismo resultaba automática, vinculada al nacimiento fundamentalmente. En otros sistemas políticos la asamblea elegía los miembros del consejo, pero la elección solamente podía recaer sobre determinadas clases de ciudadanos que reunieran los requisitos establecidos al efecto. Por lo general, y exceptuados una vez más los sistemas plenamente democráticos, la pertenencia al consejo tenía carácter vitalicio. Todo esto explica el carácter marcadamente conservador del consejo y su resistencia al progreso de la democracia.

2.3. Los magistrados

Ya tempranamente, el rey fue despojado de sus funciones por la nobleza, originándose con ello una diversificación de magistraturas unipersonales. Desde muy pronto aparecen en Atenas tres magistrados: en primer lugar, el arconte , a quien corresponde el más amplio poder político; además, el basileus , al cual se le asignaban funciones específicamente religiosas (la palabra «basileus» significa «rey», de modo que esta magistratura perpetuó nominalmente su ascendencia monárquica); por último, el polemarco, con competencias de carácter militar. Posteriormente (siglo VII) se crearon seis nuevos cargos de magistrados denominados tesmotetas , que asumieron funciones de carácter judicial. Los nueve magistrados recibieron el nombre genérico de arcontes; eran elegidos anualmente y el primero pasó a denominarse arconte epónimo , porque daba nombre al año correspondiente.

Con diferencias en cuanto a los nombres, al número y a las competencias, la institución del arcontado se da igualmente en todos los estados griegos. En la peculiar Esparta, por ejemplo, los eforos son cinco y conviven con la institución monárquica, nunca abolida. (Para mayor peculiaridad, había dos reyes sin que sepamos con certeza el origen de esta extraña bimonarquía.) En Atenas, por su parte, el poder político de los arcontes disminuirá en el siglo V, pasando gran parte de sus competencias a manos de los estrategos o generales. Este traslado del poder político de los arcontes a los estrategos fue consecuencia de las reformas de Clístenes.

3. La ciudad y el ciudadano

3.1. La ciudadanía y la vida de la ciudad

La experiencia que subyace a la historia de todo pueblo y su interpretación última del ser y del sentido de los fenómenos naturales y de las instituciones humanas suele anidar, latir y conservarse en las palabras fundamentales de su lengua. Una de ellas es la palabra «politeia» (derivada de «polis» que es palabra igual-menté esencial de la experiencia del pueblo griego). Por ello, una mirada atenta a sus usos y significados puede ayudar a comprender la experiencia política griega de un modo más genuino que el erudito acumular datos y contemplarlos desde fuera, desde esquemas conceptuales no griegos.

A menudo se ha señalado que «politeia» posee tres significados distintos. En primer lugar, significa el conjunto de los ciudadanos de la polis; en segundo lugar, la ciudadanía o nacionalidad, la condición de ciudadano de una ciudad o de otra; por último, «politeia» significa la constitución, las leyes de la ciudad. Ya es sorprendente que con una sola palabra los griegos se refieran a estos tres aspectos de la realidad política, cuando nuestras lenguas utilizan un término distinto para cada uno de ellos.

a) La politeia es, pues, en primer lugar, el conjunto de los ciudadanos. Ahora bien, la palabra no alude a este conjunto entendido abstractamente como lista del censo o como mero agregado de individuos asociados por vínculos externos de carácter meramente legal, sino al cuerpo de los ciudadanos entendido como un cuerpo vivo. Esta expresión —«cuerpo vivo»— no debe ser tomada por no más que metáfora idealizadora: la comunidad de los ciudadanos posee una vida propia, la vida política. La politeia es, pues, la comunidad de los ciudadanos en tanto que éstos participan efectivamente en la vida política de la ciudad, en tanto que participan en el gobierno de los asuntos comunes. En este sentido utiliza Aristóteles el término cuando establece que «la politeia ha de estar, integrada solamente por aquellos que poseen armas» (Política IV, 13, 1297bl).

Desde este significado de «politeia» —comunidad de ciudadanos que participan en el gobierno— han de interpretarse, a su vez, los otros dos que hemos señalado: ciudadanía y constitución.

b) Hemos de reconocer que el concepto de ciudadanía no es ni uniforme ni claro en Grecia, ni siquiera para los pensadores políticos de la época clásica, incluido Aristóteles. En todo caso, puede decirse que la ciudadanía, en su sentido más pleno, no es meramente la inscripción en un registro (aunque implique este y otros requisitos legales) sino el status caracterizado y definido por la participación en el gobierno. Jugando con las palabras cabría decir: no se trata simplemente de que alguien puede participar en el gobierno porque es ciudadano, sino al revés: alguien es ciudadano en la medida en que puede participar en el gobierno. Volviendo a la Política de Aristóteles, resulta llamativo observar cómo este filósofo se pregunta en un pasaje si son ciudadanos todos, incluidos los que se dedican a trabajos manuales, o bien es ciudadano solamente aquel que puede participar en los órganos de gobierno» (Política III, 5, 1277b34-45). La pregunta resulta llamativa por varias razones: en primer lugar, porque pone de manifiesto que las situaciones reales de participación en el gobierno variaban de unos estados a otros y de unos regímenes a otros (recuérdese la reducción anteriormente aludida de la asamblea ateniense a solamente cinco mil en el año 411); en segundo lugar, porque muestra que el concepto mismo de ciudadano andaba lejos de estar claro; en tercer lugar, porque permite constatar que la reflexión teórica sobre la política giraba en torno a problemas reales de la polis. Pero además de todo esto, la pregunta aristotélica patentiza la existencia real de dos clases o categorías de miembros de la polis: los que gozaban de ciudadanía plena y los que sólo parcial o imperfectamente gozaban de ella (las mujeres, los niños y a menudo los miembros de ciertas clases sociales inferiores así como los dedicados a ciertos oficios, por más que unos y otros fueran libres y pertenecientes, por nacimiento, a la polis). Los plenamente ciudadanos son, pues, los que participan en el gobierno de la ciudad.

c) «Politeia» significa, en fin, la constitución. Pero, una vez más, ésta no ha de entenderse simplemente como un texto jurídico que prescribe derechos y deberes, sino como expresión de la vida de la polis. Recurriendo de nuevo al juego de palabras, la comunidad de los ciudadanos podría expresarse del siguiente modo: no es que vivamos así porque lo prescribe nuestra constitución; vivimos así, y la constitución, nuestras leyes, sancionan esta forma nuestra de vivir. Isócrates caracterizaba a la constitución como «alma de la polis» y Aristóteles (Política IV, 11, 1295a40) la definía como forma de vida, como «un determinado modo de vivir propio de la polis».

3.2. Ciudadanía y comunidad

Ser ciudadano es, pues, participar. Participar, en primer lugar, en el gobierno de la polis. Pero además y esencialmente, participar en aquellas instituciones que integran la polis y por medio de las cuales el ciudadano se integra en ella. Y también, participar en la defensa de la ciudad.

• Las instituciones

Las ciudades se constituyeron desde sus orígenes a partir de ciertas instituciones heredadas de la organización social precedente y basadas en estructuras de parentesco. En la base de esta organización social se encuentra la familia. Por encima de ésta se halla el genos o clan que agrupa varias familias vinculadas entre sí por poseer antepasados y cultos comunes. En tercer lugar se sitúa la fratría o hermandad («fratría» es palabra relacionada con el término indoeuropeo que significa «hermano», como nuestras palabras «fraterno», etc.). Tal vez originalmente la fratría agrupaba a miembros del mismo clan pero ciertamente llegó a constituir una unidad superior a aquél y vino a agrupar varios clanes. Por último, y en la cúspide del sistema, se halla la tribu. (En todas las ciudades griegas los ciudadanos se reparten en tribus y a menudo las mismas tribus aparecen en distintas ciudades. Así, las tres tribus de Esparta existían en muchas otras ciudades dorias; las áticas eran cuatro.)

Evidentemente, estos grupos configuraban una organización vertical de la sociedad y, por tanto, favorecían el clientelismo, el poder aristocrático de las familias situadas en la cúspide de clanes y fratrías. De ahí que el asentamiento pleno de la democracia exigiera la neutralización del poder político generado por esta estructura. Sin embargo, su significación social y religiosa no desapareció (especialmente de la fratría), ya que la incardinación del ciudadano en la polis se hacía a través de tales grupos.

La aceptación como miembro de la ciudad implicaba, pues, la previa aceptación en estos grupos y la consiguiente participación en sus tradiciones y cultos. Así, los atenienses eran oficialmente recibidos en el seno de su fratría dos veces en su vida, al nacer y al llegar a la mayoría de edad. Solamente tras esta última aceptación eran inscritos en el censo de su demo, alcanzando con ello la plena ciudadanía.

Esta forma de incardinación social favorecía una profunda identificación del ciudadano con su comunidad. Y desde esta perspectiva no resulta difícil imaginar el sinsentido que en la época del esplendor de la polis podía implicar una situación política como la doble ciudadanía: ¿cómo integrarse, cómo formar parte y participar de costumbres, tradiciones, antepasados y cultos ajenos a las propias raíces? No es de extrañar que la práctica de conceder la doble ciudadanía comenzara a extenderse, como ha subrayado algún estudioso del tema, precisamente cuando la polis estaba ya en la hora de su decadencia.

• La defensa de la ciudad. Las leyes

En los siglos del florecimiento de la polis la condición de ciudadano resultaba inseparable no sólo del deber sino de la capacidad para defender la ciudad con las armas. Desde la mayoría de edad hasta la vejez, todos los ciudadanos estaban obligados a tomar las armas si la ciudad los requería para ello. Para comprender el sentido de esto hemos de invertir nuevamente las categorías con que solemos pensar al respecto: no se tiene la obligación de defender la ciudad porque uno es ciudadano; además y más bien, uno es ciudadano en la medida en que está dispuesto y en condiciones de defenderla con las armas. Desde esta perspectiva adquiere su cabal sentido el texto aristotélico citado según el cual «la politeia ha de estar integrada solamente por aquellos que poseen armas». Aristóteles se sitúa en el terreno mismo de los hechos, en la corriente histórica efectiva que se remonta a los orígenes de la asamblea: recuérdese que ésta, originalmente, no es otra cosa que el pueblo en armas.

Pero defender la ciudad no es solamente defender sus murallas, sus edificios y sus campos, sino también defender su forma de vida propia, cuya expresión es —como veíamos— la constitución y las leyes. Heráclito asociaba la defensa de la ley y la defensa de las murallas: «el pueblo ha de luchar en defensa de la ley como quien lucha en defensa de las murallas» (frag. 44). Las leyes inspiraban en los griegos profundos sentimientos de sumisión y respeto de carácter religioso, y cabe afirmar que tales sentimientos eran comunes a todas las ciudades. Así, Heródoto pone en labios de un espartano, Demarato, las siguientes palabras dirigidas a Jerjes, amo y señor de los persas:

los lacedemonios, cuando luchan individualmente, no son peores que ningún otro hombre, pero cuando luchan juntos son los mejores de todos los hombres. Y es que, siendo libres como son, no son totalmente libres: en efecto, su amo es la ley ante la cual sienten un miedo mucho mayor que el que tus súbditos sienten ante ti.

(VII, 104, 4)

Si volvemos nuestra mirada a Atenas, el ejemplo histórico más ilustre de este respeto y sumisión a las leyes lo encontramos en la persona de Sócrates cuando prefiere morir antes que transgredirlas, y el testimonio literario de mayor brillantez al respecto lo encontramos en aquellas páginas de Platón (Critón 50A-54D) en que Sócrates dialoga con las leyes que le increpan y tratan de convencerle para que no preste oídos a quien le propone burlarlas para escapar a la muerte. Cabe recordar igualmente aquellas palabras de la Oración Fúnebre de Pericles: «no infringimos la ley en los asuntos públicos, más que nada, por un temor respetuoso» (Tucídides, II, 37).

3.3. Individuo y comunidad

Todo lo anterior nos permite comprender hasta qué punto los ciudadanos se identificaban con el estado, con su ciudad. Así lo indica su concepción de la ciudadanía como integración y participación en la vida común de la polis, en sus órganos de gobierno, en sus instituciones y sus cultos, y como participación en la defensa activa de la ciudad y de su forma de vida. Así lo indica igualmente su concepción de la constitución y las leyes como expresión de esta forma de vida y su respeto y sumisión a las mismas. Todo esto proviene, en definitiva, de que el estado, la ciudad, no es algo distinto de la propia comunidad de los ciudadanos. La ciudad entendida como centro urbano más campo (cuyas características quedaron anteriormente descritas) constituye el habitat pero no la polis propiamente dicha. La polis es, esencialmente, la comunidad misma de los ciudadanos.

Semejante identificación del ciudadano con su polis no anula, desde luego, las potencialidades individuales ni la conciencia que el individuo posee de su propio valor. No excluye al individuo pero sí que excluye, en principio, la interpretación individualista del mismo, es decir, su concepción como átomo aislado, fuera del estado y contrapuesto a él. La concepción individualista del individuo supone la ruptura de la inmediatez con que éste vive su pertenencia a la polis. Hegel, el filósofo que ha comprendido, tal vez mejor que ningún otro, la esencia de la polis, insiste en esta inmediatez con que la voluntad de los individuos se identifica con la voluntad colectiva, con la voluntad que él denomina «objetiva». E insiste también en que esta inmediatez se rompe cuando la reflexión hace que surja la subjetividad, la libertad subjetiva, como algo contrapuesto a, la voluntad objetiva de la polis:

La voluntad de los individuos que pertenecen a la comunidad es aún la voluntad objetiva; Atenas es él espíritu real del ciudadano individual. Pero el tiempo de una constitución semejante pasa tan pronto como la voluntad se ha recluido dentro de una conciencia moral interior y ha surgido la división. Puede aparecer extraño este destino del hombre, que consiste en que su punto de vista superior, el de la libertad subjetiva, le arrebate la posibilidad de eso que suele llamarse con preferencia la libertad de un pueblo.

(Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, Madrid, Revista de Occidente, 1974, p. 454)

Este paso que va de la identificación inmediata del individuo con la polis a su afirmación como tal fue dado en el terreno teórico, como veremos, en los sofistas y en Sócrates. He aquí la importancia de la polis como marco de referencia para la reflexión teórica, política y moral, de los filósofos del siglo V.

Calvo, Tomás, De los sofistas a Platón. Cincel, Madrid, 1989. Cap. 1,  pags. 21-40.

 


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