Los orígenes del pensamiento filosófico

La filosofía nació en Grecia hace dos mil quinientos años. Las peculiares condiciones sociales, culturales y políticas de esta zona geográfica constituyen el contexto de un acontecimiento de extraordinaria importancia para el futuro de la cultura occidental.
La circulación monetaria, el desarrollo de la polis democrática, la práctica de la escritura alfabética de tipo fonético y una tradición poética de gran calado configuran el fondo sobre el cual los escritos de Platón y de Aristóteles dibujarán la trama fundamental de una tradición de investigación intelectual que se extiende hasta nuestros días. (...)

Cuando hablamos del nacimiento de la filosofía, que surgió en la antigua Grecia entre los siglos vii y iv a.C., no nos estamos refiriendo al inicio en el tiempo de una disciplina del saber entre otras, sino al advenimiento y desarrollo del estilo de pensamiento en el cual reconocemos uno de los rasgos distintivos de la cultura occidental, y al que asociamos la posibilidad de las ciencias, las artes y las humanidades tal y como hoy las conocemos.
Por este motivo, la pregunta por los orígenes de la filosofía tiene un interés que sobrepasa el de una mera cuestión histórica y nos plantea interrogantes urgentes y decisivos: ¿cuáles son las condiciones históricas, económicas, sociales, culturales, en las cuales puede darse algo así como filosofía?; ¿hasta qué punto es válida la pretensión de universalidad de la razón, puesto que no podemos negar que hay otras razones, otras culturas y otras «filosofías»?(...)

La filosofía y la aparición de la democracia

Una primera transformación cultural de enorme importancia en la aparición de la nueva mentalidad griega fue la revolución política sin precedentes que supuso la aparición de la polis griega democrática.
Este profundo cambio político se traduce, en términos geométricos, en el surgimiento de una nueva concepción del espacio, reflejada en la arquitectura urbana, que está en el origen de la radical variación de las concepciones astronómicas desde los poemas de Homero y Hesíodo (que suponemos que transmiten saberes arcaicos, quizá anteriores al siglo viii a.C.) hasta las descripciones atribuidas a Anaximandro de Mileto, mutación que no se debe al cambio en los modos de observación celeste (que no sufrió ninguna modificación).
Esta revolución, que diferencia a los griegos de este período de todos los pueblos que los rodean por situar el poder «en común», «en el medio» de la plaza pública, en donde solo lo ejercerán los ciudadanos libres y únicamente si consiguen persuadir a sus conciudadanos con la fuerza del mejor argumento, constituiría el mejor y más amplio horizonte capaz de explicar el singular acontecimiento de la aparición de la filosofía, que en este sentido estaría históricamente ligado a la libertad política democrática. (...)

La cuestión del mito y el logos

Hemos mencionado ya algunos de los nombres a los que, en general, la tradición ha colocado bajo el rótulo común de filósofos «presocráticos». Obviamente, este término parece designar de un modo simple y neutral a todos los pensadores filosóficos anteriores al ateniense Sócrates (469-399 a.C.), aunque esta catalogación no tiene en sí nada de inocente (¿qué significa Sócrates en la filosofía griega para que sus autores se clasifiquen según su ubicación antes o después de él?). En seguida atenderemos a esta cuestión.
Por de pronto, hemos de notar algunos rasgos comunes a todos los pensadores que reciben este nombre, aunque sus diferencias en otros ámbitos sean notables.

La ausencia de escritos

Hasta nosotros no ha llegado escrito alguno de ninguno de ellos de forma directa (únicamente referencias, algunas de ellas probablemente literales, hechas por otros autores que quizá tuvieron en sus manos alguna copia de esos escritos hoy perdidos), y algunos de ellos es muy probable que nunca hayan escrito texto alguno.
Por tanto, de los presocráticos únicamente quedan «fragmentos» (habitualmente intercalados en escritos de otros autores), cuya autenticidad es, a menudo, dudosa o discutible, y cuya interpretación (debido a la Antigüedad y, en algún caso, a la escasez de muestras filológicas con las cuales comparar) es siempre problemática.

La interpretación errónea del término «naturaleza»

Por otra parte, la tradición ha atribuido a la mayoría de estos autores –cuando se les ha atribuido algún escrito– la redacción de un tratado que llevaría por título Sobre la naturaleza.
Esta atribución es posterior a la redacción de dichos escritos, cuando los hubo, del mismo modo que, en general, son de época muy posterior casi todos los títulos bajo los cuales hoy leemos los escritos de la Grecia Antigua, en donde no era costumbre titular.
Si bien el título pretende ser una sugerencia acerca del «contenido» de estos escritos, ha creado a veces la errónea suposición de que los antiguos griegos se ocuparon «primero» (en la fase «pre-socrática») de la «naturaleza», dedicándose posteriormente (a partir de la fase socrática) a temas políticos y morales.
El error se produce porque en nuestros días el vocablo «naturaleza» evoca preferentemente aquello de lo que se ocupan las «ciencias de la naturaleza». Aunque esto también fuera cierto, en parte, del vocablo griego «physis», sin embargo, cuando Lucrecio, ya en el siglo i de nuestra era, tradujo al latín la etiqueta presocrática «sobre la naturaleza», comprendió perfectamente su sentido al llamar a su escrito De rerum natura; es decir, no «Sobre las cosas de la naturaleza», sino Sobre la naturaleza de las cosas. Precisamente este es el principal «descubrimiento» del saber griego:

1) Que las cosas tienen una naturaleza, una forma de ser peculiar, espontánea, propia de ellas y que no se les puede hurtar sin destruirlas.

2) Y que esa manera de ser según leyes características (leyes que nada tienen que ver con las expectativas, necesidades y deseos de los hombres, pero que la razón puede descubrir y entender) es lo que las hace susceptibles de ese tipo de conocimiento «científico» que tiene su fundamento no en el sujeto que conoce, sino en el modo de existir de la cosa misma que se trata de conocer.
Como veremos, esto no sufre variaciones importantes cuando presuntamente aparecen los temas «políticos y morales».

La falta de un modelo de filósofo

Ninguno de estos autores «pre-socráticos» habría sido considerado, en su tiempo, «filósofo», porque cuando ellos vivieron este adjetivo no solamente no podía utilizarse de manera significativa o distintiva para definir una actividad humana específica, sino tampoco para referirse a un tipo de escritura o de actividad intelectual determinada.
Todos ellos habrían recibido la consideración de maestros o de sabios. Ninguno de ellos responde al tipo social del filósofo, porque tal tipo no existía en su época, y ninguno escribió «prosa filosófica», porque tampoco existía ningún género que pudiese llamarse así. Los escritos de algunos de ellos tienen forma de poema, otros de prosa poética, de exhortación o incluso de relato histórico.
Esto nos obliga a comprender que la denominación de «pre-socráticos» es, como antes decíamos, algo más que un rótulo cronológico neutro: todos los autores así designados han obtenido su relevancia filosófica, por así decirlo, retrospectivamente, como consecuencia de algo sucedido cuando, con Sócrates, la filosofía se instala definitivamente en Atenas, algo que hemos conocido fundamentalmente gracias al relato escrito por Platón en sus diálogos (de la mayoría de los cuales Sócrates es el protagonista) ya en el siglo iv a.C., que es el momento en el cual el término «filosofía» comienza a volverse significativo.
Es en estos diálogos en donde Platón crea, por así decirlo, el «estereotipo» del filósofo al dibujar en sus páginas al personaje de Sócrates, y es también en ellos en donde los discursos de aquellos a quienes luego se llamará «pre-socráticos» se vuelven decisivos como interlocutores de Sócrates y de sus contemporáneos y herederos.

La filosofía entendida como transición «del mito al logos»

Se ha impuesto un modo de relatar los primeros pasos de la filosofía occidental como una transición «del mito al logos»; es decir, desde las concepciones mitológico-religiosas de los fenómenos naturales y sociales, encerradas en un formato poético o teológico, a las explicaciones naturalistas o racionales de esos mismos fenómenos, cifrando en esa evolución la principal transformación intelectual que definiría el comienzo de la filosofía y los orígenes del modo científico de pensar.
Pese a tratarse de una metáfora seductora y de gran poder de atracción intelectual, los términos «mito» y «logos» (razón o discurso racional) no designan, en ningún momento de la Grecia clásica, conjuntos culturales definidos o contrapuestos; es decir, los griegos de la época clásica no percibieron nunca la existencia de un «continente espiritual» caracterizado por los relatos míticos frente a otro, más moderno y racional, caracterizado por el poder de la palabra racional o de las explicaciones filosófico-científicas (esta contraposición es una invención de nuestra historia moderna).
Por el contrario, en la Grecia antigua el «mito» y el «logos» son dos formas del decir igualmente legítimas y en absoluto incompatibles, como lo prueba el hecho de que ambos coexisten sin incongruencia en los diálogos de Platón, y aún Aristóteles defenderá que el filósofo debe ser siempre amigo de los mitos.
Además, como ya hemos señalado, la cultura griega clásica no presupone una ruptura con un pasado «mítico» o «religioso», sino que todas estas tradiciones continúan estando vivas –y, en cuanto están vigentes, evolucionan y se transforman– durante esta fase clásica.
La idea de que los griegos «primero» se aferraron a explicaciones mitológicas del acontecer histórico y natural para elaborar «después» concepciones lógico-racionales o filosófico-científicas es una facilidad utilizada por los historiadores modernos para intentar explicar la coexistencia de dos tipos de concepciones que para nosotros hoy –no para los griegos de la Antigüedad– son incompatibles, pero no describe con propiedad ninguna situación histórica objetiva que se hubiera dado en la Grecia antigua.
Prueba de lo anterior es que la autoridad cultural de los grandes poetas de la lengua griega antigua, Homero y Hesíodo, se conservó a lo largo de toda la fase clásica y «letrada» de la cultura griega, otorgándose a sus composiciones una relevancia (en cuanto depósito de sabiduría) similar a la que podrían ostentar otros discursos que a nuestros ojos se presentarían como más «científicos« o más «racionales».
La razón griega no fue nunca extraña al mito ni a la poesía, ni mucho menos se sintió contraria a ambas.

 

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Navarro Cordón, Juan Manuel y Pardo, José Luis. Historia de la Filosofía, Madrid, Anaya, 2009
 
  
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