Desde que llegamos aquí no hacemos más que acumular y acumular saberes acerca de todas las cosas con las que nos vamos encontrando. Vamos descubriendo sus propiedades, aprendemos cómo se hacen, o nos enteramos de si hay que hacerlas o no, etc.
Es como si a todo le fuésemos colgando una especie de etiqueta o de post-it en el que anotamos lo que vamos sabiendo sobre ello. Las cosas no vienen con esas etiquetas puestas ni traen ningún manual de instrucciones que explique cómo se hacen o cuándo se hacen. Sólo poco a poco se consigue ir rellenando cada ficha y colgarla en la cosa correspondiente.
Si, por ejemplo, cogiéramos en la mano algo como esto:

y preguntásemos qué es, alguien nos podría responder que “es una tiza”, pero eso ¿dónde lo pone? y ¿qué significa? ¿Qué es una “tiza”? ¿En qué consiste ser “tiza”? Para saber algo más sobre ello, podríamos ir anotando características como “blanco”, “sólido”, “cilíndrico”, “escribe en la pizarra”, “compuesto de sulfato de calcio”, etc. Una vez anotado todo eso pondríamos encima el término “tiza” para resumirlo. Más o menos así es como solemos imaginarnos la manera en la cual aprendemos a hablar, a usar el lenguaje.
Sin embargo, para que podamos llamar a eso un “saber”, para que podamos decir que, realmente, sabemos algo acerca de esa cosa, esas características han de estar pegadas a ella de una cierta forma, no de cualquier manera. Han de estar unidas a la cosa de tal modo que podamos decir: “esto es blanco”, “esto es sólido”, “esto es algo que escribe en la pizarra” o “esto es una tiza”, es decir: de tal manera que podamos usar el verbo “ser” para unirlas con ella.
Si —refiriéndonos a esa misma tiza que tenemos en la mano— decimos: “esto es azul”, o “esto es líquido” o “esto es un piano de cola”, eso no constituirá ningún saber respecto de esa cosa, precisamente, porque esa cosa no es ni azul ni líquida ni tiene nada que ver con un piano de cola. Decimos que sabemos algo acerca de una cosa cuando sabemos qué es, cómo es, etc., y nuestros saberes tienen que ver con eso, con lo que las cosas son o no son, con cómo son o con lo que deben ser, o con cómo se hace que sean de una manera o de otra. La relación del saber con el ser está por todas partes y en todos los tipos de saberes (teóricos o prácticos).
¿Pero cuándo y bajo qué condiciones podemos usar el verbo “ser” para unir características a una cosa y obtener un saber? ¿Qué significa ese verbo? Esa ya no es una pregunta acerca de una cosa concreta o de alguna característica suya propia. Esa no es una pregunta más acerca de las cosas. Con ella no se busca un saber del tipo de esos que estamos acostumbrados/as a acumular, sino algo que tiene que ver con el saber mismo y con aquello con lo que todo saber está relacionado: el ser. Es una pregunta propiamente filosófica: ¿Qué es “ser”?
Si quisiéramos saber qué es “dormir” o qué es “andar”, lo primero que haríamos sería buscar algo que fuese capaz de hacer esas cosas y ver qué pasa con ello. ¿Qué pasa con ello cuando duerme o cuando anda? ¿En qué consiste su andar o su dormir? Descubriríamos entonces que decimos de alguien que “duerme” cuando está “en aquel reposo que consiste en la inacción o suspensión de los sentidos y de todo movimiento voluntario” (RAE), y que decimos de algo que “anda” cuando “va de un lado a otro dando pasos”, pero siempre que mantenga en todo momento al menos un pie en contacto con el suelo, ya que si no diríamos que “corre”, es decir, que va de un lado a otro dando saltos, etc. También el verbo “ser” lo usamos con un sentido determinado y bajo ciertas condiciones.
Un “ente” (del latín ens, entis, participio presente del verbo esse, ser que a su vez traduce el verbo griego to on) es lo que está siendo, aquello que es, de la misma manera en que “durmiente” es aquel que duerme o “andante” aquello que anda. Para investigar en qué consiste “ser”, qué pasa con las cosas que son y por qué decimos de ellas que son, podemos empezar cogiendo un ente cualquiera, lo que tengamos más a mano, lo que sea, siempre que siempre que sea algo que sea, lo cual es bastante fácil ya que cualquier cosa que nos encontremos siempre será algo. De hecho podemos decir que esa es la primera característica propia del ser que descubrimos: usamos ese verbo sólo para referirnos a lo que se presenta, a lo que se manifiesta de alguna manera —sea como sea—. Sólo decimos que “es” de aquello que nos podemos encontrar de algún modo, aunque sea en nuestra memoria, en nuestra fantasía o en nuestro entendimiento. Si algo no se presentase de ninguna manera —no fuese ni blanco, ni tinto, ni de ningún color, ni pequeño, ni grande ni de ningún tamaño, si no tuviese ninguna forma, ninguna intensidad, ninguna característica de ningún tipo— entonces no sería (no sería nada).
En segundo lugar podríamos decir que para que algo pueda presentarse de alguna manera, tiene que presentarse con determinadas características, como “blanco” o como “negro” o... etc. o bien como “pequeño” o como “grande”, etc. Y además, con unas sí y con otras no, pero no con cualquiera ni con todas. Cuando usamos el verbo ser lo usamos para decir cosas como: esto “es blanco” y eso significa que “no es negro, ni amarillo, ni azul, ni...” etc. Esto “es sólido” y “no es líquido, ni gaseoso, ni...” etc. Algo que pudiera presentarse con cualquier característica sería algo acerca de lo cual no podríamos decir cómo es o qué es, sería, para nosotras/os, algo indeterminado, y no emplearíamos el verbo ser para unirle esas características. Lo mismo ocurriría si algo tuviese todas las características a la vez, si fuese todo. Si eso se nos pudiera presentar, al mismo tiempo y en el mismo sentido, como “blanco”, “negro”, “verde” y de todos los colores, como “cilíndrico”, “esférico”, “cúbico” y de todas las formas, con todos los tamaños, todas las características, etc., en ese caso, nos costaría tanto decir qué es como si no tuviese ninguna.
Por tanto usamos el verbo ser normalmente para referirnos a algo, no a nada ni a todo.
En tercer lugar para que digamos que algo es —que algo es lo que sea: “blanco”, “cilíndrico”, etc.—, también le exigimos que tenga por sí mismo esas características, no basta con que, por ejemplo, lo parezca. Le exigimos que las tenga por naturaleza, que nadie se las esté poniendo —por decirlo así—.
Si esto de lo que hemos dicho que “es azul” luego resulta que cuando deja de darle el foco de luz que tiene encima descubrimos que es blanco, entonces diremos que “parecía azul”, pero que “no lo es”, sino que “es blanco”, es decir: que en las condiciones de iluminación que consideramos “naturales” —por ejemplo a la luz del día— ello mismo manifiesta por si mismo esa característica, la de “ser blanco” y no aquella otra de “ser azul”. Si de algo hemos dicho que “es grande”, pero luego nos damos cuenta de que lo estábamos viendo a través de una lupa, diremos que en condiciones “naturales” de observación —en este caso a simple vista— “es pequeño”, aunque a través de la lente “parece más grande”. Las características que le atribuimos a algo usando el verbo ser tienen que poder resistir a cualquier prueba. Si esto de lo que hemos dicho que “es duro” o que “es algo que escribe en la pizarra”, resulta que al tocarlo es blando o que no escribe, entonces dejaremos de decir que lo es, y diremos que sólo “nos había parecido” que lo era.
De algo que cumple esas tres condiciones (que se presenta con determinada característica que tiene por sí mismo) decimos que es... lo que sea, que es “blanco”, “cilíndrico”, “sólido”, etc. El conjunto de todas esas características propias con las que se presenta es su aspecto, su pinta, su figura o, en griego, su eîdos (= figura o aspecto visible, derivado de un verbo cuya raíz significa “ver”, y del cual deriva, a su vez el término castellano “idea”). Gracias a ese eîdos, a esas características, nos hacemos una idea de esa cosa, de lo que esa cosa es, de cómo se presenta por sí misma, al natural. Eso es al menos lo que sostenía el filósofo Platón que vivió en Atenas en el siglo IV a.C. y fue discípulo de Sócrates. Precisamente el estudio de eso de los eîdos y las ideas ha sido considerado como el principal resultado de sus investigaciones hasta el punto de considerar como el núcleo de su obra a la llamada “Teoría de las ideas”. A eso —el aspecto, la manera de presentarse o de manifestarse— es también a lo que llamamos “su naturaleza” (del latín natura, el hecho de nacer, la constitución de algo, de nascor = nacer, originarse [1]).
Eso es lo que expresamos cuando usamos un término como el término “tiza” para referirnos a algo. Lo que hay detrás es un cierto eîdos, una idea. Del mismo modo, si nos enseñan una cosa y nos pregunta qué es, y si eso que nos enseñan se presenta por sí mismo como algo “sólido”, “blanco”, “cilíndrico”, que “escribe en la pizarra” y que está “compuesto de sulfato cálcico”, etc., podemos decir que sabemos que es “tiza”, que le corresponde esa idea o que podemos referirnos a ello usando ese término.
[1] La palabra griega para lo mismo es phýsis, de phýomai, nacer, originarse, surgir, brotar. Los primeros sabios a los que se dio el nombre de “filósofos” —los filósofos jonios del siglo VI a.C como Tales, Anaximandro, Anaxímenes— fueron denominados como “físicos” por dedicarse a investigar acerca de aquello en lo que consiste eso a lo que hemos llamado la “naturaleza” de las cosas, que es otra manera de referirse a aquello en lo que consiste su ser: la manera, figura, aspecto con el cual se manifiestan, se presentan, brotan ante nuestros ojos por sí mismas.